Théo

Théo
Lápiz sobre papel.
Elizabeth Pantano

 

 

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La calle

K
Lápiz sobre papel.
Elizabeth Pantano

Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.
Octavio Paz.

Georges Perec

Perec
Lápiz sobre papel.
Elizabeth Pantano

¿Por qué habrías de escalar la cima de las más altas colinas, para tener que volver a bajar en seguida? Y, una vez abajo de nuevo, ¿cómo hacer para no pasarte la vida contando cómo lograste subir? ¿Por qué habrías de fingir que estás vivo? ¿Por qué habrías de continuar? ¿No sabes ya todo lo que tiene que ocurrir? ¿No has sido ya todo lo que tenías que ser: el hijo digno de tu padre y de tu madre, el valiente boy scout, el buen alumno que hubiera podido ser mejor, el amigo de infancia, el primo lejano, el apuesto militar, el joven estudiante pobre? Algunos esfuerzos, ni siquiera algunos esfuerzos, algunos años más, y serás el ejecutivo medio, el apreciable colega. Veterano de guerra. Uno a uno, como la ranita, escalarás los pequeños travesaños del éxito social. Podrás escoger, entre una amplia y variada gama, la personalidad que mejor convenga a tus deseos, la cual será adaptada cuidadosamente a tus medidas: ¿serás veterano condecorado? ¿Hombre culto? ¿Gastrónomo refinado? ¿Explorador de entrañas y corazones? ¿Amigo de los animales? ¿Dedicarás tu tiempo libre a masacrar con tu piano desafinado sonatas que no te han hecho daño alguno? ¿O bien fumarás tu pipa en una mecedora repitiéndote a ti mismo que la vida tiene sus cosas buenas?
No. Prefieres ser la pieza que falta en el rompecabezas. Retiras del juego tus canicas y tus alfileres. No pones a la suerte de tu lado, ni ningún huevo en ninguna canasta. Empiezas la casa por el tejado, echas la soga tras el caldero, matas a la gallina de los huevos de oro, te gastas la renta antes de cobrarla, te comes la hacienda, echas la llave bajo la puerta, te vas sin volver la cabeza.
Ya no escucharás los buenos consejos. No pedirás remedios. Pasarás de largo, mirarás los árboles, el agua, las piedras, el cielo, tu cara, las nubes, los techos, el vacío. Te quedas al lado del árbol. Ni siquiera le pides al ruido del viento entre las hojas que se vuelva oráculo.
Fragmento de “Un hombre que duerme” Georges Perec.